21 enero 2010

Gerundio: Recapacitando


A veces me siento perdido.
Aún en las situaciones más frustrantes, he vivido lo más intensamente que he podido y me planto ante el último tercio de mi vida con más nervios que nunca.
A veces no sé ni qué creer sobre mi mismo; cuanto más lo pienso, más perdido me encuentro.
En ocasiones, oigo voces.
Busco. Miro hacia el lugar de donde surgen, giro la cabeza para que el oído quede enfilado, subiéndose de puntillas sobre el sonido . . . ¡no estoy solo!
Me acerco, entrecortado el suspiro por la emoción. Presiento ya el gusto dulzón de los sentimientos compartidos, cuerpos sudorosos entrelazados. Un gemido, quizá huido de la voluntad de la estrella, arrulla el silencio . . . y se me escapa el sonido . . .  ¡ya no sé si no estaré solo! ¡Sólo yo en este condenado desierto de áridas intimidades!
En ocasiones, oigo voces.
Me acerco, entrecortado el suspiro por la emoción.
. . .  ¡ya no sé si no estaré solo! . . .
Busco, miro hacia el lugar de donde surgen,
presiento ya el gusto dulzón de los sentimientos compartidos,
he vivido lo más intensamente que he podido, aún las situaciones más frustrantes . . . y se me escapa el sonido . . .
Giro la cabeza para que el oído quede enfilado, subiéndose de puntillas sobre cuerpos sudorosos entrelazados.
Me planto ante el último tercio de mi vida con más nervios que nunca;
un gemido, quizá huido de la voluntad de la estrella . . .
. . . ¡no estoy solo!
A veces me siento perdido y, cuanto más lo pienso, más solo me encuentro. Pero . . .
. . . ¿sólo yo en este condenado desierto de áridas intimidades?